La MS-13 también recluta mujeres: 13 segundos de abuso sexual o golpes

De jugar un rol pasivo y casi invisible en la Mara Salvatrucha, cada vez más mujeres se involucran en actividades violentas de la banda: asesinatos, tiroteos, secuestros o cobros de extorsiones. Ingresan a esta organización buscando protección, afecto y respeto. Las que pueden, salen por embarazos o por experiencias trágicas.

Estados Unidos

“Ven siéntate conmigo”, decía un mensaje privado en Facebook que recibió Christian Alexander Sosa Rivas el 1 de enero de 2017. Se lo enviaba su exnovia, quien en la red social se hacía llamar Kasive Blanco Colon. Lo invitaba a conversar ese día en un parque del estado de Virginia y el joven llegó puntual a la cita. Pero era una trampa.

Según la acusación, Christian fue apuñalado varias veces con machetes y le destrozaron la cabeza con piedras. Al puro estilo de la mafia, su cadáver fue atado a una roca pesada para que terminara en el fondo del río Potomac.

Once días después el cuerpo salió a flote: tenía múltiples heridas en la cabeza, el cuello y la espalda. Los fiscales federales temen que Christian fue “sancionado” de esa manera por líderes de la MS-13, quienes creían que ‘Sombra’, como apodaban a la víctima, era un espía de la pandilla rival, Barrio 18.

Lograron matarlo siguiendo el macabro plan que elaboró Keyri, quien nació en El Salvador hace 19 años. Fue ella quien le pidió a la exnovia de Christian que lo llevara al parque con engaños. No le dijo que lo querían asesinar, sino que un amigo trataba de hablar con él en persona sobre un asunto.

Aunque Keyri no atacó a Christian, se encargó de limpiar con desinfectante de pisos la sangre que quedó en los machetes con los que cometieron el crimen. A los detectives les dijo que cuando se alejaba vio que golpeaban al muchacho con piedras.

Tras revisar la cuenta de Facebook de la joven, los investigadores encontraron que el 13 de enero de 2017 ella habló en privado con su amiga (quien ya se había vuelto informante de la Policía) sobre el homicidio.

“Todavía no han encontrado a la gallina”, escribió refiriéndose al cadáver de Christian.

Cinco mareros, incluida Keyri, han sido acusados de secuestro, asesinato y conspiración para cometer el asesinato. Ella enfrenta dos condenas de cadena perpetua y una más de 10 años de prisión. Su sentencia sigue pendiente.

Keyri es solo un ejemplo de la participación casi invisible, pero activa que tienen las mujeres que se han enrolado en la MS-13. Antes solo tenían roles pasivos, como la vigilancia, traslado de droga y armas, depósitos de dinero o facilitando la comunicación con los jefes en las cárceles. Las cosas han cambiado. Ahora les piden que colaboren en ‘misiones grandes’, como asesinatos, tiroteos, robos, secuestros y ataques.

No se sabe con precisión cuántas han jurado lealtad a esta pandilla que se identifica a sí misma con la seña que se hace formando con las manos los ‘cuernos del diablo’, pero quienes han investigado este grupo criminal creen que cada vez son más, tanto en Centroamérica como en Estados Unidos. La imagen típica de la banda ha sido la de hombres jóvenes repletos de tatuajes, pero también hay mujeres.

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